Esculturas

El Filósofo Alquimista es aquel cuyo Rey es el Alma… Este Rey es el representante del creador y le construyó al Alma una ciudad donde pudiera vivir con su séquito y ministros. A esta ciudad la llamó Ser Humano. Cuando el Creador terminó la construcción de la ciudad, asignó un lugar especial en el centro para su representante. El creador llamó a este lugar el Corazón y dijo “no son sus ojos los que están ciegos, sino los corazones en sus pechos… Así que aquel que es capaz de ver la creación como una joya infinita disfrutará del Cuerno de la Abundancia del Creador”.

Se desgajó el Montgó de Xàbia para jugar con las Pitiusas, islas de almendros y caracoles. Llovieron cien días y cien noches mientras los dioses decidían si debía navegar la ínsula o amarrarse a tierra firme. Un trueno quebró las aguas y el dios de los mares surgió entre las rocas arrastrando el monte díscolo y un piélago de atunes y galeras, cangrejos y pechinas que titilaban como estrellas. Los olivares se abrieron y se escurrió la mar entre los cantos y las piedras, y allí quedó. Plantado.

En la noche de los tiempos la dulzaina y el laúd se miraron tristones y una pandereta empezó a brincar. Los cuerdos salieron de su letargo armados de baile. El viejo guerrero se levantó dando saltitos. Parapetado tras su escudo de cuarzo limón agitaba el caparazón del insecto que había llegado a ser. Reíase de los que contemplaban su rareza atrapados en su propia tela de araña, ciegos de ilusión.